
La vida es un viaje. Nacemos (quien ch… sabe de donde venimos), crecemos, nos reproducimos y nos vamos (quien ch... sabe a donde). Esto de existir es un misterio. Parece que le entendemos a la cosa pero en realidad no entendemos nada. Días y días de figurar ideas, moldear situaciones, redefinir y reescribir, decir lo que ya tantas veces se ha dicho, argumentar lo que no queremos aceptar y lo que nos tiene atados, al miedo, a la incertidumbre, al… que voy a saber a qué. Nos volvemos a sentar a plantearnos las cosas, organizamos ejercicios comerciales, sociales, familiares, culturales. En el fondo, todo el tiempo estamos planeando.
Esto de planear es una lucha constante de identidades, de las múltiples caras que tiene la moneda. Parecería que los planes traslucen una batalla entre el universo de la ficción, las fantasías, la ilusión y la esperanza, contra lo tangible, los hechos contundentes, la cruda realidad tan cruda como es la realidad. Y empezamos de nuevo. De hecho nunca paramos, no nos detenemos porque la inercia misma de planear las cosas no nos lo permite. Es lo que nos tiene vivos, creativos y como dicen por ahí, coleando. El simple hecho de sentir que podemos planear nos da seguridad y sentido de vida.
Así transcurre el viaje existencial. Y cada plan se logra para el propósito que fue planteado. Hay planes mal trazados que acaban mal, planes exitosos que obedecen a su buen origen, planes que destellan de más por azar y planes que iban bien pero que los imponderables del sendero los mermó. Hay también otros planes, los no planeados, que nos agarran por sorpresa y que nos obligan a tomar al toro por los cuernos para librarla, indexar esa contundencia a nuestra bitácora y así sumarla a los tantos planes que van escribiendo la historia, el cuento de nuestra travesía.
Todos los planes terminan en historias y de historias queda hecha nuestra memoria. Nuestro propio método científico está basado en la autocrítica que tenemos al hilar esas experiencias y así poder planear cada vez mejor para que el resultado de éstos desemboque en el mejor escenario posible. El plan entonces se convierte en historia y ésta la aplicamos de nuevo para volver a planear. Si las cosas salen bien dejan huellas gratas, si las cosas salen mal dejan heridas. Si aquellos planes llevan afecto y resultan bien, nos retribuyen amor, si salen mal dejan dolor. Al planear con dinero si resulta para bien, nos deja más dinero y confianza, si sale mal nos deja en la bancarrota y con el autoestima por los suelos.
En éste descorrer los telones que tiene el viaje por la vida nos percatamos que nuestro tono emocional, dependiendo de la edad que tenemos, determina de forma casi absoluta nuestra manera de planear. De niños prácticamente no planeamos, lo hacen por nosotros. De adolescentes el entorno hormonal dispersa mucho nuestra capacidad objetiva de planear. Yo diría que empezamos a planear en nuestra temprana juventud que es cuando comenzamos a tener conciencia de nuestra existencia... De jóvenes estamos llenos de pasión pero nos falta la técnica. De maduros tenemos la técnica pero nos falta la pasión, y de viejos prácticamente ya no planeamos, vivimos de recuerdos…
Parecería que es la mente la que se encarga de hacer éste fino ritual. A veces creemos que las emociones o los amores dibujan el camino de éste diálogo silencioso, pero a decir verdad es nuestro cuerpo quien lo determina. No en vano tantas veces nos dicen por ahí… ya no cargues tanto peso, suelta las cosas, te va a hacer daño tanto stress, ya verás que el cuerpo no aguanta… Es cierto, nuestro cuerpo es quien dicta el estado de ésta balanza entre planear y recordar.
El abuelo está sentado en su jardín viendo a lo lejos un bello atardecer entre las cálidas montañas. Llega su nieto apenas un chamaco de siete años a pedirle que le aviente la pelota. El abuelo lo hace y ve como el niño se incorpora con sus demás primitos a seguir jugando. A su lado derecho está otro de sus nietos ya grandecito besando apasionadamente a su novia, haciendo planes idílicos de cuando se casen, que casa van a tener y cuantos hijos tendrán. Más cerca de él a su lado izquierdo está uno de sus hijos en una mesa con unos amigos, uno de ellos su socio, calculando cautelosamente estrategias de mercado. Este, su hijo, de vez en vez enfrascado con la plática voltea a ver a su padre, el abuelo, y le sube con dudas una ceja, el abuelo le responde con una mirada tierna. De pronto entra a la escena la abuela, sale de dentro de la casa y le trae a su marido una taza de chocolate, caliente. Se sienta, lo besa y disfruta junto a él tan hermoso ocaso. Mira alrededor, a los miembros de su familia, se ve a si misma y le dice al abuelo… como dice el Libro de Eclesiastés… vanidad de vanidades… no hay nada nuevo bajo el sol…
Vivimos de planes y recuerdos. Entre más jóvenes más planeamos, entre más viejos más recordamos. Nunca dejamos de planear ni tampoco de recordar. Es la energía o el cansancio corporal lo que determina la ecuación. No hay edades ni tiempos para esto. Cada quien su historia… La sabiduría, la sabiduría de éste romance… está en aquella mirada tierna, y sabia del abuelo…
Darián Stavans.



