Tuve una perra labrador por doce años, se llamaba Maya. Mi esposa la trajo a la casa cuando tenía dos meses, se la dio un amigo. Debo admitir que no quería involucrarme en situaciones de esa naturaleza en esos momentos porque nos acabábamos de cambiar de casa, y la remodelación de la misma había costado dinero, esfuerzo y energía, por lo que mi esposa la trajo a escondidas (me imagino que suponen porqué…jeje). Recién se la dio éste amigo, la tuvimos que dejar encargada con mi suegra por unos días ya que hicimos un viaje al sureste mexicano atendiendo una gira de conciertos de piano. Es por eso que la perra llevaba el nombre de Maya. Se lo escogimos manejando de un lugar a otro, en ese paradisiaco lugar de las costas mexicanas, la Riviera Maya, cuna de la cultura Maya.
La perra empezó a crecer. Ya se pueden imaginar el primer año y medio la sobrevivencia y el ritual cotidiano mientras tan noble criatura alcanzaba la edad suficiente para dejar de destrozar la casa. Creo que la destrozó tres o cuatro veces casi por completo; remodelaciones tras remodelaciones, cambios de alfombras y demás adornos que rompió, se comió y volvió a romper.
Así la perra alcanzó su edad adulta. Al año y medio casi dos años era ya una perra labrador hermosa, alta, noble, inteligente, fuerte, leal y muy cariñosa. Los perros labradores tienen muchas cualidades. De hecho son los favoritos de muchos entrenadores porque tienen habilidades únicas que los distinguen, como muchas que acabo de mencionar, entre otras.
Maya era una perra muy popular por su alto grado de belleza. Todos la identificaban de inmediato. Reaccionaba rápidamente al cariño y más de uno decía que tenía comportamientos casi humanos porque era muy viva, de rápido aprendizaje, obediente, y además, de mirada dulce y tierna.
En una ocasión, mi esposa realizó un viaje de trabajo lejos de la Ciudad de México. Aproveché esos días para componer la música que contiene mi producción discográfica Poética, conformada por ocho temas musicales. Comenzaba a componer sentado frente al piano temprano por la mañana y terminaba por la noche; se me iban las horas volando, pero a la vez, tuve la oportunidad de concentrarme y el avance musical fue veloz. Era la primera vez que vivía algo así; Maya, todo el tiempo estaba conmigo junto al piano, escuchando y compartiendo el proceso de la creación musical, que no es el mismo que escuchar la producción terminada. Como si ella estuviera componiendo la música junto conmigo, como si estuviera entendiendo cada frase y cada fraseo musical, Maya participó en cada compás escrito que conforma la música de Poética. En ocho días de concentración casi absoluta terminé de escribir el manuscrito musical, la partitura.
Maya llegó a su madurez. Compartía con nosotros la vida entera, era una gran compañera. Salíamos con ella a pasear, en ocasiones hasta dos veces al día. Mi esposa le compraba su helado que gozosamente comía al lado de los nuestros. Veía películas en la televisión junto a nosotros, y su mirada reflejaba un algo como si entendiera la trama. De vez en vez pedía respetuosamente de comer junto a la mesa del comedor para compartir algún alimento que le podíamos ofrecer. Pero lo que más disfrutaba Maya, lo que la hacía distinta a todos sus demás comportamientos, era cuando yo ponía a tocar el disco de Poética. Se recostaba inmediatamente junto a mí, estiraba sus manos y patas, y se dejaba adentrar en la conducción musical de principio a fin. Nada la interrumpía, nada permitía ella que la interrumpiera.
Suelo escuchar mucho éste disco Poética porque es uno de mis favoritos. Uno se identifica más o menos con ciertos trabajos que uno realiza, y éste, es uno de ellos; es por ésto que Maya tuvo muchas oportunidades de escuchar Poética. Siempre, recostada junto a mí.
La música de Poética y Maya fueron, son y serán una mancuerna universal; en mi mente y en mis emociones como estoy seguro que en las de ella también. Se creó un vínculo único, expresivo, bondadoso, como una historia de amor.
Un día Maya enfermó. Sabíamos que estaba mal de salud, pero no pensamos, ni queríamos imaginar, el vertiginoso desenlace de su final, que para ser honesto, fue muy triste. Le dimos lo mejor de nosotros a través de esos doce años y bueno, ella, no dio mucho más de lo que uno puede esperar de una perra. Todo aquello ha quedado grabado en nuestros recuerdos y en nuestros corazones para toda la vida.
Yo tomé la decisión de llevar a Maya a su final; mi esposa no podía, es muy difícil, lo reconozco, pero Maya ya no podía dar ni un paso más, nos pedía a gritos (con su silencio) que le diéramos paz, otorgándole el desenlace de su existencia. El 6 de septiembre de 2009 murió. Me comuniqué con su veterinario y programé su partida para las seis de la tarde. Había sido un año que inusualmente no había llovido en México y durante meses clamábamos por agua. Ese día a las seis de la tarde en punto cayó el primer y casi último diluvio del año, lleno de relámpagos y truenos, como si el Cielo llamara con justicia a su alma, puntualmente, cuando Maya vivía su último suspiro. Todo el día, un domingo recuerdo, estuve al lado de ella, acariciándole su rostro y de fondo escuchando el disco de Poética que nos acompañaba compás por compás a los dos. No es fácil dejar ir a un perro así. Sin embargo el hecho de haber escuchado junto con ella Poética durante más de seis horas aquel día, me dejó a su alma impregnada en mi cuerpo, y a su cuerpo, Dios se lo llevó…
Cada 6 de septiembre escucharé Poética. Es prácticamente reciente su partida; solamente una vez lo he experimentado, pero ahora que recién lo hice, me sentí tan bien, tan cerca de ella, que me inspira nuevamente.
Cada nota musical de Poética es de Maya, y de Maya será para siempre…
Darián Stavans.



